Festival Internacional de Cine
de
Panamá
11-17 ABRIL 2013

Seducida por el guion

Fecha Publicacion: 
Viernes, Abril 26, 2013

 

Ser joven cinéfilo y estar enamorado de Maribel Verdú era lo más normal del mundo en la década de 1990.

Eran los años en que la actriz española ponía a soñar a la audiencia iberoamericana con papeles dramáticos, y algunos además con altas dosis eróticas, como Salsa Roja (1991), Amantes (1991), Belle Époque (1992) y Huevos de oro (1993).

Por eso, estar a centímetros de distancia de esta intérprete nacida en Madrid en 1970, conversar con ella durante 45 minutos, y que la diosa además posara sus ojos bellos y toda su atención sobre quien escribe ahora estas líneas, era uno de esos sueños cumplidos en la lista de cosas que debo hacer antes de mudarme al otro barrio.

Verdú fue una de las estrellas invitadas al segundo Festival Internacional de Cine de Panamá.

En esta cita, que ocurrió en la ciudad capital a mediados de este mes, presentó las películas Blancanieves  y Fin, la primera un homenaje al cine mudo alemán de comienzos del siglo pasado, y la otra un thriller de sobrevivencia con toques apocalípticos.

Límites. María Isabel Verdú Rollán agradece que los directores le den libertad para que improvise y aporte lo suyo, pero a la par exige que le pongan límites, que la conduzcan por la propuesta que el realizador tiene en su cabeza de la película que está rodando.

Pone como ejemplo Blancanieves. Su realizador, Pablo Berger, dejaba la cámara grabar luego de acabarse la escena para que ella propusiera lo que se le ocurriera.

Ese proceso es fantástico, dice, pero que tampoco le den tanta cuerda que ella va a abusar, y ríe con encanto desmedido. Porque su labor, resalta, “es engañar lo mejor posible al público, y el director tiene que ayudarnos a eso”.

Otra historia distinta fue el trato de Francis Ford Coppola, del que recibió órdenes en Tetro (2009).

“Ver sus pelis es increíble, pero rodarlas es complicado, porque nunca sabes cuántas tomas va a hacer ni a qué cámara seguir, todo lo tiene en la cabeza, pero bueno, Francis es la historia del cine junto a la gente técnica que lo sigue desde hace 20 años. Fue un reto increíble”, indica.

Latinoamérica. En el istmo se encontró con los directores Sebastián Cordero (Ecuador) y Pablo Trapero (Argentina), y en broma y en serio les pidió trabajo en sus futuras producciones, porque Verdú ha convertido a América Latina en su segunda casa laboral.

Por ejemplo, comenta que son mexicanos dos de sus directores favoritos, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, con quienes trabajó en Y tu mamá también y El laberinto del fauno (2006), respectivamente.

Dice que cuando uno de estos dos escribe un libreto, ella los lee de inmediato y acepta cualquier rol que le quieran dar.

En el caso específico de El laberinto del fauno, le fascinó que su personaje, Mercedes, era la heroína absoluta de la trama, la que acaba con un villano malísimo como el militar Vidal, y encima salva a una niña tan solitaria como Ofelia.

Lo deja claro: “Yo voy detrás de los proyectos interesantes”, incluso si son directores en sus óperas primas, pues lo que le cala son los argumentos sobresalientes; además es práctica: “claro que uno se arriesga mucho cuando es un director nuevo porque no ha hecho películas previas que uno pueda ver, y por ende no sabes lo que va a pasar, pero Alejandro Amenábar  y Pablo Berger un día dirigieron sus primeras películas”.

Un buen trato. No solo la seduce un guion cabal, compuesto por situaciones y diálogos creíbles, también pide formar parte de un proyecto en el que termine enamorada de la inteligencia y el compromiso que tenga el cineasta con su propia producción.

Le encanta que el director mime a los intérpretes, que no significa que los malcríe, advierte, sino que los haga sentir cómodos, pero sobre todo, seguros.

Es contraria a eso de que debes sufrir a manos del realizador para que puedas transmitir mejor ese pesar en la pantalla grande. “Ninguna película, por muy obra maestra que sea, compensa sufrimiento y maltrato psicológico.

Ya la vida es suficientemente jodida, como para que en el trabajo te jodan más”.

Cita que tres largometrajes cuyas historias fueron intensas y dolorosas son Los girasoles ciegos (2008), La buena estrella (1997) y Amantes, y “pocas veces he sido más feliz en un rodaje. Yo casi siempre hago dramas, imagínate que si no lo pasara bien, estaría muy mal, fatal”.

A Verdú, que no se siente estrella de cine ni símbolo sexual, no le preocupa sortear inconvenientes durante el proceso de hacer una película, siempre y cuando el ambiente en la filmación sea agradable y haya buena vibra en cada esquina.

Recuerda que la filmación de El laberinto del fauno fue esforzada porque fueron cuatro meses que “durante el día, en la sierra de Madrid, nos moríamos de calor, y luego en la noche hacía mucho frío”, pero del Toro los trató de maravilla y eso es algo importante para ella.

En Fin no pasó líos con el clima, pero todo el elenco tuvo su par de accidentes en el camino. En términos físicos dice que es lo más tenaz que ha enfrentado. “Terminamos llenos de morados, curitas, heridas, ampollas, raspones y nos picaban bichos a cada rato”, pero había tal relajación cuando el cineasta decía “corten”, que igual pasaría por el mismo suplicio sin inmutarse.

Aunque considera que Y tu mamá también fue la más dura de sus casi 70 intervenciones ante las cámaras, ya que al ser una road movie, buena parte de la historia se desarrollaba dentro de un automóvil.

De paso, fue en este título donde tuvo la escena más complicada que recuerda en sus casi 30 años de carrera. Verdú le tiene fobia al océano y en una de las secuencias debió entrar al mar abierto y aquello fue un lío, revela.

“Fue horrible. Tardamos casi dos días en rodarla porque me entraban ataques de ansiedad y al final todo el equipo se metió conmigo al agua, incluyendo las cámaras plastificadas, y los tenía a mi alrededor flotando”.

Por completo comprensible esa demostración de afecto y comprensión, más de un periodista hubiera hecho exactamente lo mismo, o más, por ver feliz a Maribel Verdú.